Romanticismo

Sobre Romanticismo

El trabajo sobre esta novela debe basarse en la lectura de la novela y de la introducción de Juan Carlos Peinado a la edición de Cátedra. La recomendación del profesor es que se oriente a tres aspectos: el realismo, el costumbrismo y el idilio. Para estos aspectos puede consultarse

Luis Beltrán. La imaginación literaria. Barcelona, Montesinos, 2002. En especial las páginas dedicadas al idilio y al realismo.

También puede ser útil la reseña de Luis Beltrán a esta novela aparecida en la revista Riff Raff 16 (2001) 8-11. (se ofrece a continuación)

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Generaciones y costumbres

Luis Beltrán Almería

 

Manuel Longares

Romanticismo.

Madrid: Alfaguara, 2000.

“Todo sigue igual -…- Pero nada es como fue.” Esta frase de una veterana cronista de sociedad del ABC –lo que le confiere una descarada ironía- sintetiza el sentido de la novela de Manuel Longares Romanticismo. Esta paradoja revela la actitud de Longares respecto al realismo o, lo que es igual, el arte de nuestro tiempo. La crítica habitual tiene clasificado a Longares como escritor realista. Y no será esta novela –espléndida novela- la que la saque de ese lugar común. La novela ha sido presentada como si fuera una novela realista. Su tema es la vida del barrio madrileño de Salamanca desde octubre de 1975 –el momento en el que se conoce la enfermedad postrera de Franco- a la derrota socialista de 1996. Ese marco parece más que suficiente para que se incopore esta novela al gremio de novelas de la transición. En efecto, la vida política –la muerte de Franco, el terrorismo, el 23-F, la victoria socialista del 82 y su posterior declive- es el hilo conductor de la novela. Pero si nos quedáramos ahí poco entenderíamos acerca del sentido de esta novela. Porque es evidente que Romanticismo no es ni un relato de la historia reciente con sus ilusiones y decepciones ni mucho menos la crónica del barrio de Salamanca, como cabría deducir de la lectura realista.

El gran realismo del siglo XIX abordó la tarea de hacer visibles los conductos que unen la vida privada y la vida de las naciones. Esos conductos pasaban por la actividad social de los salones del París de la Restauración o de otras capitales europeas y, también, por la vida espesa de las provincias. Pero la novela de Longares no atiende a eso, no está interesada en contar secretos de alcoba,  conspiraciones políticas o conexiones empresariales. Si se considera la relación entre la historia y las vidas-imágenes de los personajes de esta novela más bien hay que llegar a la conclusión de que la historia resbala ante la renovación generacional de la burguesía de las calles Serrano y Goya de Madrid. O si se quiere, desde el punto de vista de los personajes, la historia sólo condiciona aquello que es inesencial en la vida. Incluso podría decirse con voluntad provocadora que lo que pretende esta novela es presentarnos una estética posrealista: un nuevo realismo –al que mejor haríamos dejándolo de llamar así- para un tiempo en que la política ya no cambia las vidas. La política sólo cambia la vida oficial. Y ni la rancia burguesía ni los de abajo ven esencialmente modificada su vida a pesar de los terremotos políticos que la historia reciente ha registrado. En otras palabras, lo esencial de esta novela es el contraste entre la historia –con sus fechas rotundas y casi míticas- y la vida, que sólo superficialmente ha de reconocer la marcha de la historia.

Roto ese nexo entre biografía individual e historia de la nación el realismo ya no es posible. La novela debe buscar otra estética, otra dinámica, distinta de la conexión individuo-nación. Y la solución que nos propone esta novela es el tiempo de las costumbres. La continuidad de las generaciones está asegurada por la continuidad de las costumbres. Las costumbres introducen el aspecto doméstico de la vida, y con él la risa –la sátira, el sarcasmo…- Los sueños se estrellan contra las costumbres. El sueño de Pía y su viaje a la libertad se estrella contra la costumbre veraniega de San Rafael. El estilo poético –determinado por el fundamento idílico de la novela- admite la parodia de las costumbres –la estilización paródica del lenguaje generacional-. El momento emotivo central de la novela es el encuentro entre Hortensia y el padre de Monjardín en Viena Capellanes –una pastelería, a donde les ha conducido la costumbre de comprar el postre dominical-. La historia se ve como una amenaza para las costumbres –“el zarandeo histórico, que si respetaba las leyes, modificaba las costumbres,” p. 255-.

No es casual que Longares haya elegido como material para su novela un mundo de apariencia tan poco sugerente como el barrio de Salamanca. El sentido común diría que es una opción de mal gusto. Y, sin embargo, se trata de un gran acierto. La pasividad estúpida de estos personajes –la familia Matesanz a la que se une por vía matrimonial José Luis Arce- de la rancia burguesía nos muestra la profunda degradación de los poderosos –una clase dirigente inactiva-. Sobre estos actores el barrio aparece como una unidad superior, la unidad espacial –la tierra natal de la literatura del idilio-. El idilio –el barrio- y las generaciones con sus costumbres son el fundamento de esta novela posrealista. El tiempo en esta estética espacial se subordina a la profunda unidad espacial de la obra. Pero, además de la faceta idílica, el barrio cumple otra función. El tiempo de las costumbres necesita el localismo. El viejo costumbrismo se constituyó como tipismo geográfico –el baturro, el andaluz agitanado, por ejemplo-. Aquí el localismo se recluye en un barrio. Y no le falta el tipismo: esas figuras vestidas de loden, representantes de la moda pija, para las que el ABC es como el espejo en el que se miran.

Las tres generaciones que pueblan la novela –Hortensia, Pía y Virucha; abuela, madre y nieta- son a la vez la imagen de cambio en el que todo sigue igual. Es decir, de un cambio de apariencias. Hortensia se enamora de un hombre al que renuncia. Pía, su hija, se enamora del hijo de ese mismo hombre -repite el comportamiento generacional-, pero fracasa en su acercamiento a él. Virucha es libre de las limitaciones de sus progenitores, pero fracasa igualmente. Toda la novela está salpicada de observaciones sobre los gestos y actitudes que pasan de generación en generación. Esas tres generaciones y su entorno –el barrio de Salamanca- forman un espacio idílico. En la novela idílica familiar clásica la repetición de los ciclos generacionales tendía a ser idéntica. En el idilio moderno esos ciclos familiares terminan en la destrucción del idilio. Recuérdese, sin ir más lejos, Cien años de soledad, en la que las siete generaciones de Buendía terminan en el agotamiento de la familia. En este idilio generacional ya no ocurre así. No crece ni se agota. Permanece con una adaptación simple a los tiempos y sus nuevas costumbres.

Y esa permanencia del ciclo de la vida, a pesar de la historia, es la fuente de la risa. Las costumbres familiares, la vida del cogollito –el barrio de Salamanca- aparecen vacíos de sentido, ridículos. El paso de la historia se encarga de desbaratar sus ritos: sus conciertos, sus costumbres dominicales, sus hábitos ociosos. El peso de las costumbres –se compra cada cosa en un determinado comercio, porque importa más el establecimiento que la marca de la mercancía-, la rígida jerarquía social –que impide ver a los que no comparten el nivel social y sólo permite el paternalismo con los sirvientes propios-, la pretensión de vivir en un espacio cerrado e inmutable nos conducen al dominio de la risa. Una excursión en metro –fuera de los límites del barrio- se convierte en un viaje al mundo infernal del subsuelo. Una salida a las vaguadas es una aventura –bien sea misionera o bien una expedición fascista para escarmiento de rojos-. El lenguaje de la novela, más allá de reproducir expresiones y modos propios del refinamiento cursi del barrio, tipifica social y moralmente, estiliza ese esfuerzo de no contaminarse de la historia,  de vivir permanentemente en un mundo de –falso- romanticismo. Muchas de las escenas-imágenes nucleares de esta novela están construidas como parodia de imágenes clásicas de la literatura sentimental. De esta forma la estilización paródica cumple dos tareas: de un lado, la parodia literaria; de otro, la satirización de las costumbres.

Tanto el lenguaje como las imágenes de la novela están sometidos a una dinámica de confrontación y provocación. Esta dinámica es la fuente de los encuentros que organizan la novela –el encuentro de Hortensia con el padre de Monjardín, el de Arce con Monjardín, el de Pía con Monjardín y, finalmente, el de Virucha con el mismo Monjardín-. En esos encuentros se produce una súbita elevación del clima emocional y valorativo de la novela. Esta orientación hacia el encuentro hace que el tiempo lineal cronológico carezca de transcendencia. No hay una narración cronológica –contra lo que la secuencia de fechas históricas parece sugerir- sino tres grandes segmentos temporales: la agonía del dictador, la crisis de Pía y el despertar de Virucha. Y cada segmento tiene su propia lógica: un juego de tiempos retardados –la muerte de Franco se espera durante toda la primera parte- y de anticipaciones. Estos segmentos temporales, vagamente conectados por la dinámica generacional, son muestras del juego temporal de la novela de costumbres. Recuérdese que el Lazarillo –una novela de costumbres- se organiza precisamente como una serie de segmentos temporales hilvanados por la trayectoria vital de Lázaro. Quizá el mérito de esta novela consista en haber fundido dos dimensiones tan dispares como el idilio y las costumbres. Esa fusión se ha conseguido sin fisuras gracias a unas condiciones específicas que han desbordado el marco del realismo.

Entre esas condiciones específicas hay que señalar al menos tres: la irritación de las costumbres y la parodia del cine y de la literatura puesta al servicio de esa irritación; el hecho de que sea el tiempo de las costumbres y no el del idilio el que tienda a descomponerse; y que no falta cierto didactismo social. El final como desenlace no tiene un gran papel en la novela. De hecho, el peso de las costumbres debería apuntar hacia algún tipo de metamorfosis. Pero encontramos dos metamorfosis fallidas: la de Pía, al final de la segunda parte, y la de Monjardín, al final de la tercera. Ambas eran metamorfosis románticas y resultan inviables. El peso de las generaciones impide esas metamorfosis. Una de las lecciones de esta novela es que el cambio encubre la permanencia de la jerarquía y de los poderes, más allá del juego político. En eso consiste esa alianza entre el idilio y las costumbres.

Un último aspecto es el del didactismo. Resulta que en esta novela se estudian las costumbres de la burguesía más rancia, no las del pueblo bajo. Longares es un experto en el análisis del tiempo de las costumbres, pero sus obras anteriores No puedo vivir sin ti (1995) y Extravíos (1999) mantienen el tratamiento clásico de las costumbres que exige el mundo de lo bajo. Es lo bajo lo que la estética clásica y la realista han visto como orgiástico y vicioso, y lo que requería la observación especial de la novela de costumbres con sus personajes espías –como el pícaro Lázaro-. En Romanticismo la espía es la periodista del ABC y lo que se exterioriza son las costumbres del sector social alto, acomodado. En ese sector social elevado lo que hay que hacer visible no es tanto el vicio como su vacío vital y su infelicidad que lo empuja a esa visión falsa del mundo: el romanticismo. Este didactismo se hace necesario precisamente porque el realismo –la contemplación directa de la dinámica del poder– ya no es posible, al revelarse la capacidad estabilizadora y, a la vez, depresiva del idilio y sus costumbres generacionales.

Publicado en RIFF.RAFF 16, 8-11, primavera 2001.

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9 comentarios to “Romanticismo”

  1. tarracojensi Says:

    SOY JESSICA LOPEZ, EL TEMA QUE HE ESCOGIDO PARA REALIZAR EL TRABAJO ES EL ROMANTICISMO. POR EL POCO TIEMPO QUE TENGO LIBRE EN DICIEMBRE EMPEZARÉ SU LECTURA. MI PREGUNTA ES LA SIGUIENTE: ¿HAY FECHA DE ENTREGA DEL TRABAJO? ¿HAY ALGUNA EXTENSIÓN LÍMITE? GRACIAS

  2. lbeltran Says:

    La fecha límite es el 1 de mayo. No hay extensión. Sólo hay que escribir un trabajo digno.

  3. tarracojensi Says:

    Bien, el trabajo se entrega manualmente o se envia a través de esta página? Gracias

  4. lbeltran Says:

    Los trabajos hay que entregarlos impresos, en papel.

  5. vanevalde Says:

    Una vez leído el libro de Romanticismo, ¿debemos hablar contigo para asistir a una tutoría y explicarnos cómo se realiza el trabajo?

    gracias

  6. lbeltran Says:

    En efecto, conviene que habléis conmigo

  7. vanevalde Says:

    Hola, soy Vanesa Bayod.

    Yo y Maria Querol el día 1 de mayo no te podremos entregar el trabajo porque no estamos. En ese caso, ¿Cuándo te lo entregamos? ¿Es posible entregártelo la semana posterior, al igual que harán los alumnos que realicen el trabajo de Saldaña, que tienen como fecha límite el 10 de mayo?

  8. lbeltran Says:

    podéis entregarlo antes del día 10.

  9. vanevalde Says:

    ¿Podría venir el lunes a una tutoría para mostrarte el boceto del trabajo de 11 a 12?

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